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El Niño es el nombre que le damos a la fase caliente de un patrón climático del Pacífico conocido como ENSO (El Niño Oscilación del Sur). Sucede cuando el agua superficial del Pacífico ecuatorial se calienta por encima de lo normal durante varios meses seguidos, y ese exceso de calor reacomoda los vientos y las lluvias en medio mundo.
El Súper Niño no es una categoría distinta. Es el punto en el que ese calentamiento se dispara. NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) clasifica un evento como muy fuerte cuando la anomalía de temperatura en la región Niño 3.4, en el Pacífico central, supera los 2°C sobre el promedio.
Antes de este episodio, solo hubo tres eventos con esa intensidad desde que existen mediciones confiables: 1982 y 1983, 1997 y 1998, y 2015 y 2016.
Dicho en simple: el mar del Pacífico se calienta más de lo normal, y ese calor de más cambia dónde llueve y dónde no llueve en el mundo entero. Cuando el calentamiento es grande, hablamos de Súper Niño. Cuando es grande y además coincide con un planeta que ya viene más caliente por el cambio climático, los efectos pegan más fuerte de lo que estamos acostumbrados a ver.
No pega igual en todos lados, pero casi ningún país de la región se libra.
En México, el norte (Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas) va hacia una sequía más severa, mientras el centro y el sur podrían tener menos lluvia de lo normal durante el verano. La costa del Pacífico entra en alerta por huracanes más intensos, y hacia el cierre del año podría llegar un invierno más lluvioso de lo habitual. Investigadores de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) calculan que cada sequía severa le cuesta al país cerca de 27,000 millones de dólares.
En Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua el golpe llega por el Corredor Seco Centroamericano: más calor, menos lluvia y más presión sobre cultivos que ya dependen de un clima frágil. Costa Rica y Panamá comparten ese mismo patrón de calor y sequía, y en Panamá se suma el riesgo de niveles bajos de agua que ya han limitado el tránsito de barcos por el Canal.
En el Caribe, Cuba es un caso claro: entra a este episodio con reservas hídricas por debajo del 40% y más del 60% de su territorio ya afectado por sequía.
En Colombia y el norte de Venezuela domina el mismo patrón: calor y sequía, con presión fuerte sobre el agua y la energía. Colombia depende de la hidroeléctrica para buena parte de su matriz energética, y sus principales embalses ya operaban por debajo del 60% de capacidad a mediados de 2026.
Bolivia enfrenta un riesgo propio: sequía severa, sobre todo en su Amazonía, con más de 70% de sus municipios ya con déficit de lluvia antes de que el fenómeno terminara de consolidarse, y mayor riesgo de incendios forestales.
El patrón se invierte en la costa del Pacífico de Ecuador y Perú, donde El Niño suele traer lluvias intensas e inundaciones, lo que se conoce como El Niño costero. Perú ya proyecta temperaturas por encima de lo normal entre junio y octubre de 2026, con su alerta vigente hasta 2027.
En el centro de Chile, que además llega a este episodio después de años de megasequía, en el norte de Argentina (Corrientes y Misiones), en Paraguay y en Uruguay el riesgo también es de lluvias más intensas y crecidas de ríos. Brasil vive las dos caras del fenómeno al mismo tiempo: el norte y la Amazonía hacia la sequía y el riesgo de incendios, y el sur hacia lluvias más fuertes e inundaciones.
Menos lluvia significa menos generación hidroeléctrica y más plantas térmicas encendidas, que cuestan más. Lluvia en el lugar equivocado significa rutas cortadas y contenedores parados. Menos cosecha significa menos materia prima y contratos que no se pueden cumplir en los términos pactados.
Bank of America proyecta que la cosecha de maíz de Brasil podría caer alrededor de 10% interanual en el ciclo agrícola 2026 y 2027. No sería la primera vez: en el episodio de 2015 y 2016 la caída fue de 21%, y en el de 2023 y 2024, de 12%. La Organización Internacional del Trabajo ya advirtió que este episodio podría afectar directamente el empleo y el ingreso de millones de personas en la región, con presión sobre agricultura, pesca, energía y logística.
Medir tu huella de carbono ya no alcanza si no sabes qué tan expuesta está tu operación al clima. En Bono creemos que cada fuente de riesgo climático necesita una ruta concreta de mitigación, no solo un párrafo en el reporte anual: mapear qué plantas, proveedores o rutas dependen de condiciones que El Niño puede alterar, y ponerle un número al costo de que fallen.
Cada trimestre que pasa sin cuantificar la exposición a El Niño es un trimestre negociando contratos, tasas y proveedores con menos información de la que ya existe hoy. NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos) lo avisó con meses de anticipación. La pregunta no es si El Niño va a golpear. Es si tu empresa lo va a ver venir en su estado de resultados o en las noticias.
Si quieres saber qué tan expuesta está tu operación y por dónde empezar, agenda 15 minutos con Bono.